miércoles, 21 de abril de 2010

Que la Fuerza te Acompañe...

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Veinte siglos antes de Cristo, la humanidad ya había descubierto el anís. Las antiguas culturas, como la babilónica, la sumeria, y más recientemente los griegos y romanos, lo utilizaban como planta medicinal y como especie para la importante tarea de preservar los alimentos en una época donde no se conocía la refrigeración.
Las primeras referencias de el anís como bebida se remontan al imperio de Carlomagno, por allá por el siglo XIII. Cuentan las crónicas de la época que el emperador mandó a cultivar esta especia, para que de esta manera existiera suficiente provisión y así poder estimular los sentidos de la población. De hecho, la palabra griega anisemi significa excitar.

Yo descubrí el anís a los siete años. me encontraba de vacaciones con mi hermana y el muchacho que era su novio para aquel tiempo. Recuerdo que salía de la piscina y corrí raudo y sediento hacia la mesa en la que estaban sentados ellos. Agarré el vaso con jugo de naranja y tomé la mayor cantidad que pude en un sólo buche. Error, mi hermana y su novio gritaron advirtiéndome pero era demasiado tarde, ya había tragado...
Las consecuencias de mi primer contacto con el anís fueron las esperadas, me mareé, vomité y posteriormente me quedé dormido. Me sentía realmente mal y juré que más nunca probaría licor. Mi cuñado de turno dijo profético: "Algún día te tragarás tus palabras".

Y así fue. Más de veinte años después el anís (entre otras bebidas) me atrae. Lo sé, en Venezuela, cada vez que alguien le ofrece anís a una persona de más de 25 años, seguramente lo rechazara con una excusa similar a esta : "Yo no tomo eso desde que salí del liceo" El anís se ha ganado la reputación de ser "la bebida del estudiante" y fue satanizado en los 90s cuando al delicioso cóctel que resulta de al mezclar esta bebida con yogurt líquido, se le atribuían envenenamientos, desmayos y hasta embarazos. Lo que los padres no sabían (o no querían saber) era que había otros ingredientes, y que eran esos otros ingredientes los que causaban las tragedias. Pero el anís fue proscrito y tomado como un chivo expiatorio. El objetivo se cumplió, y una generación creció detestando el anís y amando la cocaína y el sexo sin preservativo.

En España es muy popular el anís, sobre todo entre adultos mayores; en Grecia, el ouzo es típico y cultural, y en Italia se toma sambuca, con o sin mosca...
Pero en este lado del mundo, en el trópico, pocas cosas son tan estimulantes como una maraquita, refrescante cóctel en el que el que al anís le se le suman la acidez del limón y el burbujear de la soda. El Power Ranger, del que ya hablamos, resulta muy bueno si se toma con moderación, después de haber comido y con la suficiente cantidad de profilácticos. En la playa se disfruta de un buen trago de anís con hielo y limón. ¿Acaso no es tentador ver una botella de Cartujo salir del congelador, helada, escarchada, iridiscente, con esa etiqueta blanca y la foto del monje? Por cierto, que si miramos bien el monje, parece un famoso Maestro Jedi.

Mitos aparte, resulta interesante revisar nuestros archivos sensoriales, hurgar en esos primeros encuentros, y darnos el lujo de recordar lo que nuestras cabezas e hígados adolescentes sintieron y sufrieron cuando se dejaban llevar de la mano por Obi Wan Kenobi...

Dedicada a Fernando, que ya no está entre nosotros, donde quiera que te encuentres Negro...

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